La claridad comienza por uno mismo
Es fácil subestimar el papel de los padres en conseguir que los alumnos estén contentos. Cuatro educadores han vivido por medio de sus propios hijos los retos y satisfacciones de tener un alumno del IB en casa.

Aprendizaje en equipo
José Fernández - Profesor universitario y padre de una alumna del Colegio La Floresta, San Salvador, El Salvador
La experiencia de ser padre de un alumno del IB es especial porque los niños que cursan los programas del IB necesitan que sus padres estén preparados para ello. A veces es difícil dar a los hijos el apoyo que necesitan, pero yo con el tiempo he ido aprendiendo a sobrellevar esos momentos duros.
El Programa del Diploma del IB requiere apoyo tanto académico como emocional; no solo hay que ayudarlos con las tareas, sino guiarlos. El padre de un alumno del IB debe saber que harán falta sacrificios, como quedarse pintando al óleo un sábado por la tarde, o sacrificar un fin de semana para terminar una tarea, o les falta un libro… la lista puede ser larga.
Para ilustrar el tipo de apoyo que necesitan, citaré una de las muchas conversaciones que he tenido con mi hija sobre la cantidad de trabajo que tenía. Ella dice: “No sé si voy a poder terminar esto”. Nosotros le respondemos siempre lo mismo: “Estamos orgullosos del esfuerzo que estás haciendo. Vale la pena y, si encima sacas buenas notas, mejor aún. Pero si no te sale bien, no te preocupes, que hemos visto lo que has trabajado y para nosotros eso ya es un éxito”.
Al cabo de dos años de estudio, mi hija es una alumna distin-ta. El Programa del Diploma la ha preparado para la universi-dad. Yo soy profesor universitario desde hace 30 años y, compa-ran-do su preparación con la de los demás alumnos, veo que no le va a costar tanto adaptarse a la universidad. Acaba de terminar sus exámenes y de momento no tenemos los resulta-dos, pero su actitud hacia el trabajo y su organización han mejorado muchísimo. Si aprueba llevaré conmigo siempre la satisfacción de saber que el mundo se abre ante ella. Pase lo que pase, mi hija recordará que siempre contó con el apoyo de su padre.
La comunicación es vital
Daun Yorke - Coordinadora del Programa del Diploma, profesora de Artes Visuales y Teoría del Conocimiento, Canadian International School of Hong Kong
Convertirse en padre o madre es un período de transformación en la vida de cualquier persona en el que se adquiere otra visión del mundo. Esto yo lo he visto en múltiples ocasiones entre los docentes: al convertirse en padres se les abren las perspectivas, y cada uno de los niños de la clase podría ser “hijo suyo”.
El ser madre de una alumna del Programa del Diploma del IB amplió enormemente mi conocimiento de las experiencias de los alumnos. Yo impartía clases de Artes Visuales del IB cuando mi hija y yo emprendimos este viaje juntas: ella, en su primer año del Programa del Diploma y yo, como coordinadora, en el Yew Chung International School, en Shanghai, China. Fueron dos años intensos que también nos aportaron muchas satisfacciones. Aprendimos mucho juntas.
Antes pensaba que mis plazos de entrega eran razonables y que entendía las necesidades de los alumnos. Ver a mi hija haciendo equili-brios con las tareas de las asig-naturas me enseñó mucho como profesora y como coordinadora.
Una vez al año celebrába-mos una reunión informativa para los padres. Al cabo de un año en mi doble papel de madre y profesora, me di cuenta de que era necesaria además una sesión de orienta-ción para los padres de los alumnos del Programa del Diploma. En estas sesiones me presento como madre de una alumna del IB y hablo del viaje en que se van a embarcar y de lo importante que es la comunica-ción. Los padres a menudo quieren participar, pero confiesan que no tienen mucha idea de lo que están pasando sus hijos.
Una vez que recibimos los comentarios de los padres, enviamos periódicamente a cada familia cartas y calendarios mensuales con fechas de entrega y otros eventos. Esto ayuda a los padres a visualizar lo que el programa exige a sus hijos. El apoyar a los hijos en estos dos intensos años requiere nuevas competencias. No fue fácil ser madre, profesora y coordinadora de mi hija a lo largo de dos cursos y yo aprendí de sus consejos tanto como ella de los míos.
Sabiduría colectiva
Jayne de la Haye - Maestra y responsable de taller del PEP, ABA, Muscat, Omán
Llevo 12 años impartiendo clases en ABA, un Colegio del Mundo del IB en la Sultanía de Omán, y en este tiempo he tenido dos hijos. Verlos empezar el colegio me ha hecho reflexio-nar sobre lo que hacemos los docentes y cómo lo hacemos.
Como maestra del PEP, me alegro de decir que el enfoque que damos al aprendizaje a través de la indagación ha estimulado la curiosidad de mis hijos y les ha ayudado a alcanzar niveles de conocimiento más altos, al conectar lo que estudian con su experiencia personal. A través del perfil de la comunidad de aprendizaje del IB, con su énfasis en desarrollar una nueva forma de ser, mis hijos van al colegio contentos y llenos de curiosidad y de ganas de aprender y de compartir sus experiencias.
El énfasis del PEP en la planificación colaborativa supone que mis hijos se benefician de la “sabiduría colectiva” de todo el equipo docente. Desde muy pequeños se ha fomentado en ellos la costumbre de mirar las situaciones desde una perspectiva distinta, ampliando paulatinamente su visión general del mundo y desarrollando a la vez un fuerte sentido de la propia identidad. No conozco ningún otro modelo de currículo que combine esta consistencia y calidad de diseño, al tiempo que insiste en la necesidad de adaptarlo a las condiciones únicas de cada colegio.
Como madre y maestra quiero que mis hijos se comprometan con el aprendizaje y adquieran conocimientos, competencias y actitudes que les sirvan, no solo para el resto de su escolarización, sino para toda la vida.
El colegio y el Programa del Diploma les han dado la base que tanto ellos como yo queríamos. Como madre sé que es un pri-vilegio recibir esta educa-ción, y como docente estoy más comprometida que nunca con la calidad del IB.
No es una guardería
Mariana Conde - Asistente del director de secundaria, Saint Mary of the Hills School, San Fernando, Argentina
Al trabajar durante 20 años en un colegio de secundaria he visto pasar casi 20 promociones de alumnos. Los distintos papeles que he desempeñado me han permitido ver la misma situación desde puntos de vista diferentes, y me doy cuenta de que la relación entre padres y colegio, o el proceso educativo en sí, se ha deteriorado un poco y está perdiendo conexión.
Esto se debe a multitud de factores. Por una parte, tenemos los medios de comunicación: Internet y las redes sociales tienen toda la información necesaria. Los alumnos ya no necesitan a sus padres para hacer las tareas o buscar información. Por otro lado, a consecuencia de la crisis económica global, es cada vez más corriente encontrar niños que crecen prácticamente solos porque sus padres trabajan hasta muy tarde. Para muchas de estas familias, la cena es el único momento en que están todos juntos.
Con tantas preocupaciones, algunos padres no tienen tiempo, energía o voluntad de acompañar a sus hijos en el proceso educativo, así que delegan su educación en su totalidad al colegio. Es como si el colegio se hubiera convertido en una guardería; mientras los niños estén allí, están seguros.
Como educadores, es nuestra responsabilidad devolver estos padres al colegio, utilizando todos los recursos a nuestro alcance, como ofrecer clases relacionadas con sus profesiones, sus aficiones o sus barrios. Tenemos que reunirnos con los padres, no solo cuando van las cosas mal con sus hijos, sino cuando van bien. Tenemos que pedirles que nos ayuden a relacionar el trabajo que hacemos en clase con la vida real. Todos queremos alumnos independientes, pero antes tene-mos que trabajar con ellos y enseñarles a ser autónomos. Esto es un proceso: cuanto más elogia un adulto a un niño, dando importancia a sus logros y mostrando interés en sus opiniones, más confianza en sí mismo tendrá ese niño cuando sea adulto.
Tenemos que trabajar juntos. No podemos olvidar que la casa es nuestro primer colegio. Allí aprendemos valores, actitudes hacia los demás y, sobre todo, a querer y a ser queridos, a tener a otros en cuenta y a ser tenidos en cuenta. Estas son habilidades esenciales que necesitan los líderes positivos del futuro: si queremos que sean capaces de enfrentarse a los retos del mañana, tenemos que trabajar juntos para enfrentarnos a los de hoy.
